Que a veces los sueños se me escapan, se van despavoridos de sentir mis miedos, esos que se esconden en el día pero en la noche hacen de mí lo que quieren. Esos miedos que me llevan a actuar -tal como un choque incontrolable- esos miedos que se transforman en impulsos que no terminan en nada bueno. Esos miedos que te llevan a creer en causas pérdidas, en corazones rotos, en almas sin sueños, en cuerpos sin almas, en ojos que no perciben el color, en almas que no conciben el tacto.
Hay cosas que sencillamente suceden, por más que intentamos evitarlas, suceden, hacemos todo lo posible por sostener el peso incontenible de causas pérdidas, de corazones rotos, de almas sin sueños, de cuerpos sin almas, de ojos que no perciben el color, de almas que no conciben el tacto, pero suceden. Su peso implacable nos aplasta. No importa todo lo que hagas, suceden. Suceden. Y esa palabra se instala en tu cabeza, porque es el fin, el fin de todo tu esfuerzo. Tan solo suceden.
Hay momentos en que todo pareciera derrumbarse, todo excepto una causa pérdida, un corazón roto, un alma sin sueños, un cuerpo sin alma, unos ojos que no perciben el color, un alma que no concibe el tacto, pero eso también se cae porque es susceptible a un "suceden" y después no queda más que la desilusión.
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